La mañana. Llueve a torrentes en esta alborada recién nacida. Las gotas mueren contra el cristal de mi ventana. Escucho cantar el viento, pero no puedo sentirlo.
La oscuridad cae y me muevo hábilmente. Siento la lluvia y el viento, pero no logro ver nada. Encendí un farolillo que puede arder en la oscuridad. El ardiente fuego iluminó, pero mis ojos no se adaptaban a la luz, solo me fío de mi instinto.
Sigue lloviendo,y escucho gotas en las hojas de los árboles. Caigo al suelo. Siento como crece la hierba y las raíces penetrando en la tierra. Camino lentamente entre las montañas, mientras el viento me canta al oído.
Abro los ojos y me encuentro con un lago azul, de aguas frías y profundas. Acerco mis labios y bebo de aquella agua cristalina.
Me pierdo entre los árboles. Las estrellas se oscurecen y la luna solo está en mis ojos.
Corro. Empiezo una carrera sin sentido. Sin meta. Sin competidores. Corro entre los árboles. Cae el farolillo quemando el bosque. Todo está en llamas.
El calor me abrasa, pero no paro de correr. La hierba sigue creciendo pero el fuego no la quema. La luna en la laguna se estremece ante la ígnea escena. la lluvia es ahora de fuego. Escucho voces y ante mí encuentro una sombra negra que me detiene. La sombra alada con oscuras plumas me abraza y me besa con su rojos labios de dulce aroma a otoño. Desaparece entre las llamas que me rodean. El silencio. No hay llamas. No hay lluvia. Solo silencio. Las cenizas me rodean y solo escucho el silencio.
Ya nada queda. Solo la luna en el lago.
Solo cenizas y el silencio